Entre las cuerdas

La reunión había terminado media horas después de lo previsto. Los claustros se alargan cuando se acerca el final del curso. Salió rápido en dirección al coche cuando el bedel le advirtió que el profesor de historia reclamaba su atención desde su propio vehículo. Necesitaba conciliar el calendario del último trimestre con el suyo y le pidió que se sentara un momento. No era la primera vez que la llevaba a casa y por el camino abandonaban la charla profesional para repasar itinerarios más íntimos. Fingió un olvido sobre la mesa d la sala y volvió al centro para dar tiempo a los demás docentes a que se marcharan, sin despertar sospechas. Minutos después se despidió del conserje y comprobó que solo quedaban dos coches en el aparcamiento del colegio, Sacó del bolso las gomas que había recogido en el laboratorio y se dirigió al que estaba más lejos.


Como el intercambio de miradas había comenzado durante la evaluación. justo cuando discutían sobre el bajo número de suspensos, entró en el coche con las bragas cargadas y la boca húmeda. Tumbado sobre ambos asientos delanteros, le estaba pidiendo con con los ojos una paja cubana y le abrió de golpe los botones del vestido. Ella quería otra cosa. Se sentó sobre su cara invitándole a usar la lengua muy despacio, acercándose poco a poco.


La expectación le ponía los pelos de punta. Bajó los muslos suavemente hasta que notó que la lengua trabajaba mas bruscamente y la respiración resonaba. La cremallera del pantalón estaba al límite, presionó aún más su nariz con los muslos y una mancha de semen formó un mapa sobre la tela. Invirtieron la postura. Un par de giros más con la lengua, y comprendió que ninguno de los dos corregiría hoy exámenes.

Despertó sobre el tablero de dibujo, con el pelo pegado a las orejas y el sujetador enrollado al cuello. se estimuló con el nuevo dildo mientras miraba los pechos puntiagudos por el body perk del personaje que ocupaba la última viñeta. Lo estaba pasando bien y el dibujo era vibrante, pero no podía quedarse a terminarlo.

En quince minutos tenía que estar girando alrededor de la barra mostrando su particular y alargado clítoris, que a esas alturas estaba palpitante. Se quitó la ropa y preparó la mochila con el bikini transparente y el liguero de vinilo rojo, con ese estilismo, meses atrás, bailó la primera vez en el club.


Había entrado para tomar apuntes en el cuerpo de las chicas y tener un catálogo anatómico que le facilitara la tarea cuando se enfrenta al papel en blanco. Dibujaba amano los bocetos de las historias, los escaneaba y terminaba la tinta, el color y las tipografías en el ordenador. La costumbre de tomar apuntes le había enseñado a diferenciar particularidades genitales y a disfrutar con los pequeños y jugosos defectos de cada curva. Una de las bailarinas le ofreció trabajo. Subió al autobús pensando que en cuanto dibujar hentai le diera para vivir acudiría al bar solo para tomarse una copa con las demás chicas, sin preocuparse por el pago de alquiler o el precio de las pastillas.
Bebería con Vanessa, la especialista en el fake porno de la canciller alemana, cuyos besos al final del espectáculo que realizaban juntas encendían todas las alarmas de su dermis. Y con Lola, que se parecía a uno de los personajes. Una chica con los pechos de cirugía más redondos que había coloreado jamás, tan grandes que no podías recorrerlos de un solo lametazo, con las piernas más largas que ningún dibujante hubiera entintado nunca, y con la mirada de una adolescente manga, aunque tenía dos hijos.



No bailaban juntas: Vanessa, la coordinadora de turno, procuraba que no coincidieran. Por eso cada noche y finalizado el numero, Lola la empujaba tras el escenario. Los tablones del rincón del backstage todavía olían cuando apoyaba las manos. Lola guiaba sus dedos hasta más abajo de su ano y compartían un dogging sobre el que no podría inspirarse para ninguna viñeta porque no recordaría nada.
Al estirar los brazos palpó las gotas que el amanecer había dejado sobre la madera barnizada del barco. Los animales despertaban y un escalofrío recorría la ropa de abrigo de buena parte de los pasajeros, cuando escuchaban los ecos de las fieras más peligrosas. Se trataba de un safari fotográfico, pero ella tenía que proteger a los viajeros con armas si llegaba el caso. Una circunstancia que explicaba la imaginación de buena parte de los turistas.
Esa tarde, durante la hora de la siesta, el grupo de estudiantes que celebraba su graduación terminó en la popa de la embarcación. Estabas borrachos y atemorizados por los aullidos progresivos que anticipaban la llegada de la oscuridad. Les propuso una actividad para soltar adrenalina. Para librarse de los amarres, debían lamer para que las cuerdas se desplazaran. Debían morder para aflojar los nudos. Debían besar para relajar los músculos crispado del otro. Ella se demoraba en las demostraciones, alternaba chicas y chicos, axilas y tobillos, clítoris y penes. Una master class de supervivencia que culminó dejándose encadenar al viejo timón de adorno. Siguiendo sus órdenes, crearon una cadena de huecos ensartados y miembros goteantes. Los jadeos y aullidos de animales y seres humanos subieron tanto, que el apagón llegó de repente.
Tumbada en el cilindro blanco, el ruido intermitente y progresivo acabó por obligarla a abrir los ojos. Para sobrellevar el tedio de estar encerrada mientras terminaba la exploración neurológica, repasaba los sucesos confusos que almacenaba sobre los últimos días. Los gráficos nunca aportaban conclusiones relevantes. Las analíticas eran de manual. El escanista repasaba con ella cada línea de las historias, identificando. Buscaban entre los valores y las métricas el dato que les acercara a resolver el misterio; repasando una y otra vez las notas y puntualizando exhaustivamente los recuerdos. Cuando el repaso estaba agotado, un voluntario entraba en la sala y le ayudaba a reproducir lo ocurrido en cada escenario: la particular forma de juguetear con los dedos durante el cunnilingus de Vanessa; la impaciencia por llegar al spanking en el asiento trasero del coche; la textura del semen fresco de los estudiantes. Se calentaba de nuevo y, a menudo, se despertaba en otro despacho.
Al comienzo de cada curso intentaba trasladar su mesa a una d las oficinas con ventana, donde poder preparar las clases con luz natural. La pecera con persianas al pasillo solo tenía la ventaja de resultar fácil de ocultar a las miradas del resto del claustro. Era el despacho favorito de la profesora de música, lo prefería para sus citas semanales precisamente por eso. Allí tenía guardadas bajo la llave las botas con tacón de aguja y las correas, y no llamaba la tentación cargada con ninguna bolsa cuando entraba a consultar a su colega sobre los proyectos de aprendizaje transversales en los que colaboraban. Cerraban la puerta, desaparecían todas las piezas de ropa y se calzaban. Entre susurros para no ser escuchadas, se dedicaban las palabras más sucias e insultantes: todo lo que no podían decirse en las evaluaciones porque la educación lo censurada. Jamás se tocaban la una a la otra, solo entraban en contacto a través de los tacones, las cinchas y el cuero de las botas.


Se miraban, se masturbaban y se odiaban. Un ritual muy gratificante en medio de la jornada laboral. En Públicp eran tan frías y distantes la una con la otra que los compañeros se sentían incómodos con ellas en la misma habitación durante las evaluaciones. En la penumbra de la pecera la rivalidad se convertía en alimento para el placer. Un gozo que provenía de repetir siempre las mismas lesiones. Tan maravillosamente previsible que estaba empezando a controlar el progreso de su excitación con algunos trucos. Necesitaba identificar señales para prevenir la desconexión durante el orgasmo. Numeraba las lecciones que faltaban para cumplir con el currículo del año, siempre en el mismo orden. Memorizaba la coreografía de las heridas que le producían los tacones. Avanzaba en los agujeros de los cinturones. Pero si una de las agujas entraba en su boca aquello le daba tanto gusto que tarde o temprano se abandonaba.


No en todos los viajes había estudiantes, aunque el safari fotográfico era tendencia entre los graduados de diferentes universidades privadas europeas. Los recién casados en luna de miel, los sobornos a directivos y banqueros y los profesionales de la imagen también abundaban en el crucero africano. La luz de esos paisajes es única. Las noches era el momento del juego. Abrigada únicamente por el látigo y las armas, representaba para los viajeros mitos sexuales de la zona. Turistas hambrientas de sexo, diosas de la fertilidad y otros demonios, que sometían a nativos pero también a animales para alimentar su irrefrenable apetito sexual. Al final llegaba el momento de que el usuario de la cámara se incorporase al teatro, interpretando a una de las víctimas del mito, gozando y sufriendo. Les quitaba la ropa con el látigo, les sujetaba con fuerza al mástil y les succionaba los agujeros más negros. La cámara pasaba a sus manos, la tarjeta de memoria desaparecía entre las cartucheras de la deidad desenfrenada, que se sumergía en un sueño primitivo.

Cualquier pequeño detalle podría ser el comienzo del hilo que le ayudara a comprender como funcionaba aquello, que diminutos vaso de su cerebro entraba en colisión en el segundo del cambio.
El tratamiento químico no aportaba pistas sobre el mecanismo y las sesiones debían ser cada vez mas frecuentes para proporcionar datos relevantes. Acariciaba la idea de reunir a los tres especialistas en una única sesión para avanzar en el diagnóstico.
Que la doctora justificara ante sus colegas por qué insistía en una patología cerebro vascular de origen congénito. Que el psiquiatra compartiera su convicción de que todo empezó como un trastorno de estrés post-traumático tras el accidente de avión. Que el químico expusiera sus cálculos acerca del raro cóctel formado por la descarga que librea su cerebro durante el sexo y la medicación prescrita. Entre todos podrían descartar hipótesis incompatibles y buscar interpretaciones contrastadas. Alejados en el tiempo y el espacio, separados por una barrera invisible e inmaterial, los tres reaccionaban igual cuando ella mencionaba a los otros: destacaban en sus notas un paso atrás en la evolución de la patología.

 Después de varios meses, comprendió que la solución no estaba en el mundo físico, no había explicación científica aparente. Debía construir la historia para encontrar las claves. De cada apunte, de cada receta, de cada frase surgió una viñeta. Las organizó sobre el papel para que juntas dieran forma de relato. La descripción de sus preferencias, la historia de sus necesidades, la narración de sus exploraciones. Porque no había una sola historia como no había una sola protagonista. Su identidad nacía de un fenómeno incontrolable de un deseo tan poderoso que le permitía deslizarse por las cuerdas de múltiples realidades. Si pudiera elegir solo en una ¿Dónde se quedaría? ¿Quíen era ella?


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